Aunque yo no soy fanático de los deportes (a menos que a las Artes Marciales se les incluya en ese término), me he encontrado hoy con un artículo en el diario deportivo "Meridiano" que me ha llamado mucho la atención, sobre todo por la persona de quien viene, que no es otro que José Visconti, reportero de larga trayectoria en la historia deportiva y comunicacional del país que -entre otras cosas- antes de irse a trabajar al canal de televisión que lleva el mismo nombre del diario (un canal deportivo 24 hrs., se entiende) engrosaba las filas de la hoy sin señal RCTV. Me evito más comentarios y me limito a transcibir aquí dicho artículo:
"Imposible para mí acudir hoy al seno de la Alcaldía del Municipio Libertador a recibir el Premio que, en la mención "Investigación y Docencia", me ha sido otorgado por la Corporación Edilicia.
Me lo impide el peso de mi conciencia ciudadana. Especialmente en lo que ella dicta para el comportamiento profesional, una de las tantas y más preciadas facetas de mi existencia, moldeada por la moral y la ética diseñada en el hogar; robustecida por los Padres Eudistas en los claustros del Seminario Interdiocesano de Caracas y coronada a través de la convivencia con tantos y tan dignos colegas quienes -los más- en el grado de maestros, principiando por el profesorado que me formó en las aulas de la Escuela de Periodismo de la UCV, me enseñaron con su ejemplo que vivir sólo vale la pena cuando se hace coincidir coherencia y dignidad.
Llega la hora de las grandes definiciones. Las que retratan la verdadera contextura del deber ser de cada uno. Prohibido permanecer indiferente o algo peor, agazapado, aguardando "la oportunidad" de engancharse al carro de los "victoriosos", cuando no la opción por la indecorosa facilidad de "caminar de rodillas para no gastar zapatos".
Reserva la Sagrada Escritura un terrible dicterio contra los que prefieren "mirar para el otro lado" o, "por si acaso" simular aplausos donde únicamente cabe el rechazo: "Ay de los tibios porque Yo los vomitaré".
Considero que, en los momentos que vivimos los periodistas del país, juntamente con los medios de comunicación, nuestro escenario natural, y cuando abundan -y crecen- señales amenazadoras para la Libertad de libertades, la de expresión, sería detestable, cuan lamentable, ofrecerle hoy el pecho a una presea que, a la larga, representaría el intercambio de la condición de primogénitos de la Verdad ("Ella los hará libres", afirma Jesús) por un plato de lentejas.
No querría yo que ninguno de mis alumnos, al cabo de décadas de ejercicio universitario en tres dignísimas Casas de altos estudios -como tampoco aquellos en cuyo tallado sacerdotal he contribuído en la Cátedra donde también se acrisolaron mis ideales juveniles de servicio a Cristo y a la Iglesia- me señalaran, replicantes, "¿Y ese José Visconti no era el mismo que nos predicaba que...?"
Me consumiría, dentro de no pocos años, que uno solo de mis nietos me preguntara, con la demoledora simpleza del corazón sin mancha "Abuelo ¿Por qué no dijiste "ni esto" cuando tus compañeros de aquella hora eran maltratados, vituperados, acorralados?".
Sería, créanmelo, como si el propio Maestro, Camino, Verdad y Vida, me lo inquiriera, como a sus desvanecidos seguidores en Getsemaní: "¿No pudiste velar siquiera una hora conmigo?"..."
(Citado del diario "Meridiano" del viernes, 29 de junio de 2007, página 3).
Así están las cosas en Venezuela, o así parecen estarlo...

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